Las universidades son instituciones de educación superior facultadas para otorgar los grados académicos de bachiller, licenciado, magíster y doctor, y los títulos profesionales (definidos por ley), cuya obtención requiere poseer el grado de licenciado. Esto las distingue de otras instituciones de educación superior, como los centros de formación técnica y los institutos profesionales, que sólo pueden entregar títulos de técnico de nivel superior y de títulos profesionales que no requieren licenciatura.

Las funciones propias de una universidad son: la docencia, la investigación y la extensión. Esta última abarca una gama de actividades de vinculación con la sociedad, entre las que destacan la divulgación artística y los llamados programas de “educación continua”.

Aunque todas las universidades realizan funciones similares, la amplitud e intensidad con que desarrollan cada una de ellas, especialmente la docencia e investigación, pueden ser muy diferentes. A su vez, esto determina “perfiles académicos” distintos.Uno de los rasgos que distinguen al sistema universitario chileno es, precisamente, la diversidad de perfiles académicos de las instituciones que lo integran. Sin embargo, éstos se pueden clasificar en dos tipos básicos de universidad: “docente” y “de investigación”. Las “universidades docentes” concentran sus actividades formativas en los programas conducentes a los grados de bachiller y de licenciado y a los títulos profesionales universitarios. Estas son las llamadas “carreras de pregrado”.

Las “universidades de investigación”, por su parte, además de ofrecer las “carreras de pregrado”, desarrollan una cantidad significativa de actividades de investigación. Esto último las capacita para crear y sustentar programas conducentes a los grados de magíster y doctor, programas que, genéricamente, se denominan “de posgrado”.Durante las últimas décadas, el esquema antes descrito ha tenido algunas variaciones debido a que los programas de magíster se han orientado hacia la formación profesional especializada, marginando los requisitos relacionados con la capacidad de realizar investigación. Pioneros de esta tendencia fueron los programas de magíster en administración de empresas o MBA, por sus siglas en inglés.

En la actualidad, entonces, el magíster es un posgrado que también pueden ofrecer las “universidades docentes”.

Los programas conducentes al grado de doctor o doctorados, en cambio, son de exclusiva responsabilidad de las “universidades de investigación”. Esto se debe a la naturaleza de este tipo de programas. El grado de doctor es el máximo que otorgan los sistemas universitarios en todo el mundo, y se confiere exclusivamente a las personas que, habiendo completado un riguroso programa de estudios, demuestran tener los conocimientos y competencias necesarias para efectuar investigaciones originales. Para ello deben preparar, defender y aprobar una tesis, consistente en una investigación, desarrollada en forma autónoma, que signifique una contribución a la disciplina respectiva. En otras palabras, el principal objetivo de un programa de doctorado es formar nuevos investigadores.Para que un doctorado pueda cumplir con su objetivo primario debe contar con un número suficiente de académicos investigadores y una infraestructura de laboratorios, equipamiento científico, bibliotecas especializadas y plataforma informática. Para cualquier universidad, disponer de una alta proporción de académicos de tiempo completo, dedicados principalmente a la investigación, junto con la adquisición y mantención de toda la infraestructura necesaria, involucra asumir un compromiso económico muy importante. Por lo mismo, sólo una minoría de las universidades chilenas desarrolla las actividades de investigación a un nivel compatible con la posibilidad de crear programas de doctorado. Lo mismo ocurre en muchos sistemas universitarios del mundo.La diversidad de funciones académicas antes descritas y la especificidad que ellas confieren a cada universidad es algo que la mayoría de los chilenos desconoce. Un desconocimiento alimentado por la forma en que los centros de educación superior chilenos suelen ser catalogados habitualmente, usando para ello ciertos atributos que no guardan relación alguna con los perfiles académicos respectivos.Por ejemplo, se las llama “privadas” o “tradicionales”, “metropolitanas” o “regionales”, “confesionales” o “laicas”. Incluso, para fines de políticas públicas, se las distingue según la pertenencia o no al Consejo de Rectores.

La única denominación que insinúa un perfil académico es la de “universidad compleja”, término que suele aplicarse a las “universidades de investigación”. No obstante, parece un adjetivo poco afortunado, porque, por antonimia, el resto de las universidades debería llamarse “universidad simple”, lo que, además de sonar peyorativo, resulta inapropiado para cualquier institución universitaria.